La imagen apenas llega a convertirse en un motivo. Se desliza en lugar de declararse. Formas amarillas flotan sobre un campo de verde y blanco, como si el muro estuviera capturado a mitad de un movimiento — el pigmento aún decidiendo en qué quiere convertirse.
Se percibe el gesto de una mano, el arrastre de un pincel, ese instante en que la intención se disuelve en movimiento. Nada es nítido, nada insiste en un contorno. No es la imagen de algo — es la memoria de ver, ralentizada.
Un muro que no describe un lugar, sino un estado: entre el enfoque y la desaparición.