En Calcuta, una pequeña superficie redonda parpadea en tonos verdes, fragmentos de vidrio atrapando la luz hasta que la forma sólida se vuelve incierta, más reflejo que objeto.
Mientras tanto, en otro muro, el amarillo se desliza por campos de verde y blanco, el pigmento aflojándose hacia el movimiento, la imagen sin llegar nunca a asentarse del todo.
Dos obras, sostenidas en gamas afines. Una construida a partir de fragmento y destello; la otra, de gesto y desenfoque. Ambas resisten el nombre, suspendidas entre superficie y sensación, pidiendo al ojo que permanezca con lo que se niega a resolverse.
Fotografía de Trui Vermeire.
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