En una pared amarilla apagada de Estambul, intrincados patrones negros de mandala se despliegan como delicadas flores urbanas. Cada diseño, meticulosamente detallado, aporta un momento de calma frente al bullicio que lo rodea. Ya sea una expresión artística fugaz o un pequeño acto de rebeldía, estas formas simétricas otorgan una elegancia silenciosa a un rincón de la ciudad desgastado y sin pretensiones.
Fotografía de Alexander Pelsmaekers.
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