Escondido en un estrecho callejón de Hong Kong, este mural se comporta menos como una pared y más como un cuaderno desbordante.

Líneas blancas dibujadas a mano chocan con animales, templos, flores, rostros, pájaros, montañas, deseos navideños y fragmentos de la vida cotidiana, todos superpuestos sobre una superficie oscura que ya contiene sus propias texturas y marcas.

Nada permanece quieto. Las imágenes se superponen, se interrumpen, desaparecen y vuelven a aparecer en otro lugar. Delicados bocetos conviven con garabatos espontáneos y formas gráficas más contundentes.

La composición parece instintiva, casi inquieta, pero al mismo tiempo sorprendentemente precisa.

El mural rechaza cualquier jerarquía. Una pagoda recibe la misma atención que una flor. Un pájaro, un tigre, un retrato, un regalo envuelto o un elefante conviven dentro de la misma conversación visual.

Como la propia Hong Kong, la densidad forma parte de su belleza.

Los tonos marrones, negros, blancos de tiza, verdes desvaídos y suaves acentos turquesa aportan al mural una riqueza casi desgastada por el tiempo. Las líneas raspadas crean una textura que resulta a la vez cruda y refinada, conservando la espontaneidad del dibujo original.

Sobre textil, la superposición se volvió aún más fascinante. Algunos detalles desaparecen en la superficie desde lejos, mientras otros emergen lentamente al acercarse, como pequeños descubrimientos ocultos dentro del estampado.

SCRATCH se convirtió en un estudio de acumulación, instinto y ruido visual, caótico en el mejor sentido posible.

Fotografía de Alexander Pelsmaekers.

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