Caminas junto a ella pensando que es un espejismo — algo que parpadea en el rabillo del ojo. Pero el destello permanece. Y cuanto más te acercas, menos seguro estás. ¿Azulejos? ¿Un mosaico? ¿Quizá el fondo de una piscina? Empiezas a ver patrones: una cuadrícula que se disuelve y se recompone a medida que cambia la luz. Parece agua, pero está inmóvil. Y entonces lo entiendes: es una mesa. Una mesa de centro pequeña y redonda, construida a partir de cientos de diminutos fragmentos de vidrio. Se comporta como una superficie de memoria — reflectante, en capas, silenciosamente hipnótica. No es solo un mueble, sino algo intermedio: en parte objeto, en parte ilusión. Permanece quieta, pero se niega a quedarse callada.
Fotografía de Trui Vermeire.
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